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History of the Monroe Doctrine
Es 1823. El mapa de las Américas se está redibujando.
España ha pasado siglos acumulando un imperio del Nuevo Mundo que se extiende
desde la Patagonia hasta California. Ahora su dominio se debilitaba
rápidamente. Una a una, las colonias de España están declarando
su independencia,
y, en Europa, los viejos imperios no se lo están tomando bien.
Se preguntan: «¿Qué nos impide recuperarlo todo
?»
Estados Unidos había nacido apenas unas décadas antes, durante la Revolución.
Después volvimos a luchar contra Gran Bretaña en la guerra de 1812.
A Estados Unidos le preocupaba la intervención de los imperios extranjeros en el Nuevo Mundo.
Ahora, Estados Unidos percibía una oportunidad de establecer
un nuevo
orden. Gran Bretaña, centrada en proteger su comercio con la
nación emergente, propuso una declaración conjunta con
Estados Unidos para
disuadir la intervención. Pero el secretario de Estado John Quincy Adams,
sospechando de las intenciones británicas, convenció al presidente James Monroe de
actuar de forma independiente.
Monroe entonces presentó ante el Congreso un decreto, uno de los
más audaces pronunciamientos diplomáticos de la historia estadounidense.
Los continentes americanos, por la condición libre e independiente
que han asumido y mantenido, en adelante no deberán ser
considerados sujetos a una futura colonización por parte de
ninguna potencia europea.
Estados Unidos, aún una joven nación fronteriza, se posicionó
como la potencia preeminente del Nuevo Mundo y sentó las bases
de siglos de política exterior estadounidense en nuestro hemisferio.
Este decreto transformó el papel y la posición de Estados Unidos en el orden mundial,
aunque al principio dependía de la disuasión de la Armada británica para
hacerla cumplir. Durante décadas, la doctrina sirvió como escudo defensivo
mientras Estados Unidos se expandía hacia el oeste.
Se invocó cuando los franceses instalaron a un emperador en México, lo que obligó a su
retirada final.
Dio forma a los debates sobre intentos de anexión, como el de la República
Dominicana. Pero estas fueron aplicaciones defensivas,
que mantenían fuera a las potencias
europeas, no afirmaban el control estadounidense sobre los asuntos
del hemisferio. Eso cambió en 1895,
cuando el secretario de Estado Richard Olney invocó la doctrina y declaró que
Estados Unidos era prácticamente soberano sobre el hemisferio occidental,
y exigió que Gran Bretaña se sometiera al arbitraje estadounidense.
Había redefinido la doctrina. Ya no era solo una advertencia.
Ahora era una reivindicación de primacía regional.
Tres años después, estalló la guerra con España, y cuando se disipó el humo,
transformó el hemisferio. Estados Unidos expulsó a España de Cuba,
se apoderó de Puerto Rico, y entró en la escena mundial como una
auténtica potencia imperial, con dominio sobre el
Caribe.
Solo cuatro años después, ese dominio volvió a ponerse a prueba.
Buques de guerra alemanes y británicos entraron en aguas venezolanas y bloquearon
sus puertos por deudas impagas.
Roosevelt intervino y declaró que, si una nación latinoamericana
caía en el caos o la inestabilidad, Estados Unidos intervendría y la administraría.
La doctrina había comenzado como un escudo.
Roosevelt acababa de convertirla en un mandato.
Una oportunidad crucial para el liderazgo estadounidense en el hemisferio occidental llegó
en
1903, cuando Panamá buscó independizarse de Colombia.
Colombia.
Tanto Europa como Estados Unidos habían deseado durante mucho tiempo un canal en Centroamérica,
que permitiera a los barcos cruzar del Atlántico al Pacífico.
Tras un intento fallido de Francia, Estados Unidos vio una oportunidad en una
región
con una dinámica política cambiante.
Estados Unidos respaldó la independencia de Panamá y consiguió un acuerdo para construir,
operar y defender el canal de Panamá.
La vía navegable se convertiría en la arteria más importante del hemisferio para el
comercio,
en un activo estratégico durante las dos guerras mundiales, y en un testimonio del
liderazgo duradero de Estados Unidos en la región.
Cuando se descubrieron misiles soviéticos en Cuba en 1962, Kennedy
no necesitó inventar un marco nuevo.
Simplemente invocó la doctrina. Las armas tenían que
irse.
13 días del enfrentamiento más peligroso de la historia de la humanidad
terminó con los soviéticos cediendo y retirando los misiles de Cuba.
Reagan aplicó la misma lógica para justificar la oposición al régimen respaldado por los soviéticos
sandinista en Nicaragua y a otros grupos marxistas,
argumentando que las amenazas ideológicas exigían la misma respuesta que las
militares. Avancemos rápidamente hasta la era moderna,
donde la doctrina ha encontrado a su más reciente
defensor en el presidente
Trump. A través de la ejecución de la Operación
Determinación Absoluta, Estados Unidos
capturó al dictador venezolano Nicolás Maduro,
transportándolo a suelo estadounidense para responder por cargos de
narcoterrorismo. Esta maniobra calculada transmitió una
señal contundente en todo el hemisferio, remarcada por la propia declaración del presidente Trump.
Bajo nuestra nueva estrategia de seguridad nacional,
estadounidense
el dominio en el hemisferio occidental jamás será cuestionado
de nuevo.
Durante más de dos siglos, la declaración de Monroe había configurado la política exterior de EE. UU.
a través de distintas administraciones y a lo largo de eras geopolíticas fundamentalmente
diferentes. Lo que comenzó como una advertencia a las potencias europeas
evolucionó hasta convertirse en un marco para el dominio regional,
que sigue siendo la piedra angular de la estrategia estadounidense en el hemisferio hoy.
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Original transcript (English)
It's 1823. The map of the Americas is being redrawn. Spain has spent centuries amassing a New World empire, stretching from Patagonia to California. Now their grip was slipping fast. One by one, Spain's colonies are declaring independence,
and back in Europe, the old empires are not taking it well. They're asking themselves, "What's to stop us from taking it all back?" The United States had come into being mere decades ago in the Revolution. Then we fought Britain again in the War of 1812.
America was concerned of the involvement of foreign empires in the New World. Now, America sensed an opportunity to establish a new order. Britain, focused on protecting its trade with the emerging nation, proposed a joint declaration with the
United States to deter intervention. But Secretary of State John Quincy Adams, suspicious of British motives, convinced President James Monroe to act independently. Monroe then declared a decree to Congress, among the
boldest diplomatic statements in American history. The American continents, by the free and independent condition, which they have assumed and maintained, are henceforth not to be considered as subjects for future colonization by any European powers.
The United States, still a young frontier nation, positioned itself as the preeminent power in the New World and set the stage for centuries of American foreign policy in our hemisphere. This decree transformed America's role and standing in the global order, though initially relying on the deterrence of the British Navy to
enforce it. For decades, the doctrine served as a defensive shield while America expanded westward. It was invoked when the French installed an emperor in Mexico, forcing their eventual withdrawal. It shaped debates over attempted annexations, like the Dominican
Republic. But these were defensive applications, keeping European powers out, not asserting American control over the hemisphere's affairs. That changed in 1895, when Secretary of State Richard Olney invoked the doctrine, declaring that the
United States was practically sovereign over the Western Hemisphere, and demanded Britain submit to American arbitration. He had redefined the doctrine. It was no longer just a warning. It was now a claim to regional primacy. Three years later, war with Spain erupted, and when the smoke cleared,
it transformed the hemisphere. The United States expelled Spain from Cuba, seized Puerto Rico, and stepped into the world stage as a genuine imperial power with dominance over the Caribbean. Just four years later, that dominance was tested again.
German and British warships sailed into Venezuelan waters and blockaded its ports over unpaid debts. Roosevelt intervened and declared if a Latin American nation fell into chaos or instability, the US would step in and manage it. The doctrine had started as a shield.
Roosevelt had just turned it into a mandate. A critical opportunity for American leadership in the Western Hemisphere came in 1903, when Panama sought independence from Colombia.
Both Europe and the US had long wanted a canal in Central America, allowing ships to cross from the Atlantic to the Pacific. After a failed French attempt, the United States saw an opening in a region with shifting political dynamics.
The US backed Panamanian independence and secured a deal to construct, operate, and defend the Panama Canal. The waterway would go on to become the hemisphere's most critical artery for trade, a strategic asset for both world wars, and a testament to
America's enduring leadership in the region. When Soviet missiles were discovered in Cuba in 1962, Kennedy didn't need to invent a new framework. He simply invoked the doctrine. The weapons had to go.
13 days of the most dangerous standoff in human history ended with the Soviets backing down and removing the missiles from Cuba. Reagan applied the same logic to justify opposition to Soviet-backed Sandinista regime in Nicaragua and other Marxist groups, arguing that ideological threats required the same response as
military ones. Fast-forward to the modern era, where the doctrine has found its latest champion in President Trump. Through the execution of Operation Absolute Resolve, the United
States seized Venezuelan dictator Nicolás Maduro, transporting him to American soil to answer for charges of narcoterrorism. This calculated maneuver delivered a resonant signal across the hemisphere, punctuated by President Trump's own declaration.
Under our new national security strategy, American dominance in the Western Hemisphere will never be questioned again. Over two centuries, Monroe's declaration had shaped US foreign policy across administrations and throughout fundamentally
different geopolitical eras. What began as a warning to European powers evolved into a framework for regional dominance, one that remains the cornerstone of American strategy in the hemisphere today.