Transcript · Spanish → English

Police Infiltration in Protest Tactics

Take a close look at what happens here. France, massive student

protests. Suddenly, a troublemaker throws a bottle to

provoke a

violent reaction. But the troublemaker doesn't realize that

he is being filmed

by France Unbowed MEP Anthony Smith, who uncovers the

truth.

It turns out the troublemaker is a police officer, and what he seeks is to escalate the

violence so the police can brutally crack down on the students.

And this is not an isolated incident or a conspiracy theory.

It is something that anyone who has experienced situations like this firsthand knows

perfectly well.

At a peaceful demonstration, strangers show up breaking property,

assaulting people, or escalating the conflict in some way.

And shortly afterward, the police crack down, and the troublemaker returns

to the side that he

belongs. We've seen it hundreds of times,

but these days in France or

Spain, without any attempt to hide it.

And this has a name: Sherwood syndrome.

It is one of the dirtiest practices a state can use against

a

protest: infiltrating police officers among

the protesters, raising

tensions, provoking clashes and then using that

chaos as

justification to crack down on everyone.

The idea was even put in writing. In 2009, David Piqué,

then a senior Mossos d'Esquadra officer, proposed in an academic

paper tactics to combat movements considered

anti-establishment. Preventive arrests, police pressure,

generating tension and letting certain violent

incidents be used to publicly link a protest to

vandalism.

Think how useful it is. Thousands of people take to the streets

peacefully over housing, wages, education, or cuts.

But someone breaks something, a dumpster goes up in flames, some

bottles fly, a shop window is smashed.

And the running starts, then the batons come out, and the next day

the

TV networks already have their headline. No more talk about why thousands of

people

were protesting. Now the issue is the violent ones.

We are not talking about tactics to maintain order.

We are talking about creating the disorder they need in order to repress.

And what years ago might have sounded like a conspiracy to anyone who did not see it

live,

nowadays we can corroborate it in countless videos.

The baton is only the end. The operation begins much earlier.

End of transcript · 376 words · machine translated

Original transcript (Spanish)

Fíjate bien en lo que sucede aquí. Francia, protestas masivas de estudiantes. De repente, un alborotador lanza una botella para provocar una reacción violenta. Pero el alborotador no se da cuenta de que está siendo grabado

por el eurodiputado de Francia Insumisa, Anthony Smith, quien descubre el pastel. Resulta que el alborotador es un policía y lo que busca es escalar la violencia para que la policía pueda cargar brutalmente contra los estudiantes. Y esto no es algo puntual ni una teoría de la conspiración.

Es algo que quien ha vivido de cerca situaciones como esta conoce a la perfección. En una manifestación pacífica aparecen unos desconocidos rompiendo mobiliario, agrediendo o escalando el conflicto de algún modo. Y poco después, la policía carga y el alborotador vuelve

al bando que le pertenece. Lo hemos visto cientos de veces, pero estos días en Francia o España ya sin ningún disimulo. Y esto tiene nombre: síndrome de Sherwood.

Se trata de una de las prácticas más sucias que puede utilizar un estado contra una protesta: infiltrar policías entre los manifestantes, elevar la tensión, provocar altercados y utilizar después ese

caos como justificación para cargar contra todo el mundo. La idea llegó a quedar escrita. En 2009, David Piqué, entonces mando de los Mossos de Esquadra, planteó en un trabajo académico tácticas para combatir movimientos considerados

antisistema. Detenciones preventivas, presión policial, generación de tensión y dejar que determinados episodios violentos sirvieran para vincular públicamente una protesta con el vandalismo. Pensad en lo útil que resulta. Miles de personas salen a manifestarse

pacíficamente por la vivienda, los salarios, la educación o los recortes. Pero alguien rompe algo, arde un contenedor, unas botellas volando, un escaparate roto. Y empiezan las carreras, luego llegan las porras y al día siguiente las

televisiones ya tienen portada. Se acabó hablar de por qué había miles de personas protestando. Ahora el tema son los violentos. No estamos hablando de tácticas para mantener el orden. Estamos hablando de fabricar el desorden que necesitan para reprimir.

Y lo que hace años podía sonar a conspiración para quien no lo viera en directo, hoy en día podemos corroborarlo en multitud de vídeos. La porra solo es el final. La operación empieza mucho antes.

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