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Analysis of American Financial Hegemony

Quiero contarte algo que ocurrió el martes pasado a las tres

y cuarenta y siete de la madrugada

hora de Washington. Algo que jamás aparecerá en los comunicados oficiales del

Departamento de Estado

pero que revela hasta qué punto ha caído el imperio estadounidense.

El imperio ha caído.

Estaba revisando resúmenes de cables clasificados cuando noté un patrón inusual.

Altos funcionarios del Tesoro estaban haciendo llamadas no programadas a Pekín,

no

a través de los canales diplomáticos habituales, sino mediante redes financieras clandestinas.

El tipo de llamadas que haces cuando estás desesperado.

El tipo de llamadas que hacen los imperios cuando ya no son imperios.

Pero déjame empezar por el principio, porque lo que estoy a punto de contarte

conecta

tres puntos que los medios tradicionales se niegan a conectar: las negociaciones secretas

en Caracas, las llamadas telefónicas desesperadas a Pekín,

y la silenciosa

liquidación de la hegemonía estadounidense que ocurre justo delante de nuestras narices.

Verán, hay una vieja regla en las finanzas internacionales

que aprendí durante mis

años como ministro de Finanzas de Grecia.

Cuando negocias desde una posición de fuerza, te reúnes en salones de mármol

con fotógrafos presentes.

Cuando negocias desde la desesperación, te reúnes en habitaciones de hotel a medianoche con

ningún testigo. Y ahora mismo, los funcionarios estadounidenses

pasan mucho tiempo

en habitaciones de hotel. La historia de Venezuela me rompió el corazón porque

ya he visto esta película

antes. En 2015, cuando luchaba contra la Troika,

vi a poderosas

instituciones utilizar la guerra económica contra naciones más pequeñas.

Pero lo que ocurre ahora es diferente.

Esta vez, la guerra económica ha salido

espectacularmente mal.

Déjame pintarte el panorama. Durante cinco años, Washington trató a Nicolás

Maduro como a un villano de caricatura. Congelaron sus activos y confiscaron sus aviones,

pusieron precio a su cabeza, como en una fantasía del Lejano Oeste.

El objetivo era simple: hundir la economía de Venezuela,

instalar un gobierno títere

y asegurarse el control de las mayores reservas de petróleo del mundo.

Pero esto es lo que los brillantes estrategas de Washington no calcularon.

Cuando sancionas el petróleo de alguien, no solo lo perjudicas,

le enseñas a

sobrevivir sin ti. Y Venezuela aprendió

esa lección a la perfección.

Mientras los funcionarios estadounidenses pronunciaban discursos sobre democracia

y derechos humanos,

el petróleo venezolano seguía fluyendo hacia China, pagado en yuanes, hacia

India, pagado en rupias, y hacia Turquía, pagado en oro.

Crearon el primer mercado petrolero mundial posterior al dólar, demostrando a todas las

naciones ricas en recursos que es posible liberarse del sistema del dólar y sobrevivir.

Ahora llega la humillación. Esos mismos funcionarios estadounidenses que llamaron a

Maduro un dictador regresan discretamente a Caracas. Están ofreciendo alivio de las sanciones.

Están emitiendo exenciones para Chevron.

En esencia, le ruegan al hombre al que intentaron derrocar que, por favor, por favor vuelva

a poner en marcha las bombas. ¿Por qué? Porque las refinerías estadounidenses se están ahogando.

Como ven, Texas produce mucho petróleo, pero es crudo ligero y dulce.

La enorme infraestructura de refinerías de la costa del Golfo se construyó hace décadas para

procesar crudo pesado y agrio. Sin el petróleo pesado venezolano, estas refinerías

no pueden producir suficiente diésel, y sin diésel, el suministro estadounidense

procesar crudo pesado y ácido. Sin el petróleo pesado venezolano, estos

Las refinerías no pueden producir suficiente diésel, y sin diésel, el suministro estadounidense

se detiene la cadena. Pero si la situación de Venezuela

es vergonzosa, lo que

está ocurriendo con China es absolutamente aterrador.

Mientras los diplomáticos suplican por petróleo, el Tesoro suplica por dinero,

y aquí es donde nuestra historia se vuelve realmente absurda.

Estados Unidos necesita vender tres billones de dólares en nueva deuda este año

solo

para seguir funcionando. Tres billones. Dejen que esa cifra les cale.

Scott Bessent, el nuevo secretario del Tesoro, se despierta cada mañana enfrentándose a una

ecuación imposible. Necesita encontrar compradores para una

cantidad astronómica de

deuda estadounidense, pero sus clientes tradicionales

se están alejando.

Japón, históricamente el comprador de deuda

estadounidense más fiable, está en crisis.

No están comprando bonos estadounidenses.

Los están vendiendo para defender su propia moneda.

Europa está estancada y lucha contra la recesión.

Los bancos estadounidenses ya están repletos de deuda pública, acumulando enormes pérdidas

no realizadas. Solo queda un comprador con bolsillos

lo bastante profundos para rescatar a

Estados Unidos: China, la misma China a la que los políticos estadounidenses

se pasan el día

amenazando con aranceles y una confrontación militar.

Tengo que detenerme aquí porque la disonancia cognitiva es pasmosa.

De día, escuchas a generales estadounidenses hablar de

una guerra en el

Pacífico. De noche, funcionarios del Tesoro llaman

a Pekín, con el sombrero en la

mano, suplicándoles que no vendan sus

bonos del Tesoro.

China posee actualmente unos 780.000 millones de dólares de deuda

estadounidense.

Si decidieran liquidar siquiera la mitad de esa posición, los tipos de interés estadounidenses

se dispararían de la noche a la mañana. El mercado bursátil, adicto al dinero barato, lo haría

colapsaría. El mercado inmobiliario se congelaría.

La economía estadounidense entraría en una espiral mortal.

Así que, mientras los titulares claman que hay que endurecer la postura con China,

la realidad tras

las puertas cerradas es exactamente la opuesta.

Estados Unidos está atrapado en una dependencia financiera tan profunda que no puede

permitirse enfrentarse de verdad a su supuesto enemigo.

Esto es lo que llamo la paradoja del deudor. No puedes declararle la guerra a tu banquero.

No puedes sancionar a tu acreedor.

No puedes amenazar a quien tiene la escritura de tu casa.

Pero este es el detalle que me quita el sueño.

Esto ya no se trata solo de economía.

Se trata del colapso de la arquitectura fundamental del poder mundial en tiempo

real. Durante ochenta años, la hegemonía estadounidense se apoyó en dos pilares,

el sistema del petrodólar y el mercado de bonos del Tesoro.

Venezuela acaba de demostrar que se puede hacer añicos el primer pilar y prosperar.

China está demostrando que el segundo pilar

siempre fue una ilusión.

El acuerdo del petrodólar era elegante por su simplicidad.

Estados Unidos te protege militarmente.

Pones precio a tu petróleo en dólares, obligando a todos a tener dólares para comprar

energía.

Pero cuando conviertes ese sistema en un arma, cuando lo usas para provocar un cambio de régimen

y una guerra

económica, destruyes la confianza que lo hizo posible.

El mercado de bonos del Tesoro era aún más crucial.

Los bancos centrales del mundo depositaban sus reservas en deuda estadounidense porque se

suponía que era el activo más seguro de la Tierra.

Pero en 2022, cuando Estados Unidos congeló las reservas rusas

de la noche a la mañana, enviaron

un mensaje a todos los banqueros centrales del planeta: «Sus supuestos activos seguros son

armas políticas». Las consecuencias están llegando más rápido de lo que nadie

había anticipado.

Estoy viendo cómo los acuerdos comerciales bilaterales se multiplican por todo el Sur Global, Brasil

vende soja a China por yuanes, e India compra petróleo ruso con rupias,

Arabia Saudita acepta moneda china para sus ventas de energía.

La expansión de los BRICS no consiste solo en crear un club alternativo.

Se trata de construir una infraestructura financiera alternativa.

Están construyendo un sistema paralelo que no depende de la aprobación estadounidense

ni de las instituciones

estadounidenses. Y la ironía más hermosa es que Estados Unidos está acelerando

este proceso

con cada sanción, cada amenaza,

cada intento de convertir en arma la interdependencia económica.

He dedicado mi carrera a estudiar cómo mueren los imperios, y

morir y

nunca mueren por una conquista externa. Mueren por sus contradicciones internas.

Mueren cuando el costo de mantener el dominio supera los beneficios de

ejercerlo

. Mueren cuando están tan desesperados por

recursos que tienen que

negociar con las mismas personas que han pasado años intentando destruir.

Eso es exactamente en lo que se encuentra Estados Unidos hoy, negociando acuerdos petroleros con

Venezuela mientras llama dictador a Maduro.

Suplicándole a China que compre su deuda mientras amenaza a China con una guerra

económica.

Esto no es estrategia. Este es el comportamiento de un imperio en

decadencia terminal,

que intenta desesperadamente mantener privilegios que ya no merece ni puede

permitirse. La transición ya está ocurriendo.

Mientras los políticos estadounidenses debaten sanciones y aranceles, el mundo

lo hace en silencio

construyendo un nuevo orden económico, un orden basado en el respeto mutuo y no

en la dominación unilateral,

un orden donde los recursos fluyan hacia quienes los ecesitan,

no hacia quienes amenazan a los demás. Lo que me parece más sorprendente

es lo completamente ajenos que están los estadounidenses comunes a este drama que se desarrolla.

Ven cómo suben los precios de los alimentos, el costo de la gasolina,

pero no relacionan esto con las desesperadas misiones diplomáticas de su gobierno.

No se dan cuenta de que cada vez que llenan el tanque de su auto,

están participando en la represalia de Venezuela contra las sanciones estadounidenses.

Recuerdo una conversación que tuve con un alto funcionario de la Reserva Federal el mes pasado,

extraoficialmente, por supuesto. Me dijo algo escalofriante.

«Yanis, ya no estamos administrando una economía.

Recuerdo una conversación que tuve con un alto funcionario de la Reserva Federal el año pasado.

mes,

Extraoficialmente, por supuesto. Me dijo algo escalofriante.

"Yanis, ya no estamos gestionando una economía."

Estamos gestionando una demolición controlada.» Esas fueron sus palabras exactas: «una demolición

controlada». Pero esto es lo que me desvela por las noches.

¿Y si la demolición no está tan controlada como creen?

¿Y si China decide poner a prueba el farol de Estados Unidos?

¿Y si Venezuela decide que ni siquiera los nuevos términos son lo bastante

buenos?

¿Y si las fichas de dominó empiezan a caer más rápido de lo que Washington puede apuntalarlas?

He visto desplomarse monedas.

He visto caer gobiernos cuando su deuda se vuelve insostenible,

pero nunca he

visto una moneda de reserva mundial enfrentarse a este tipo de presión existencial.

Cuando el dólar finalmente se quiebre, y se quebrará,

las ondas expansivas serán distintas de

todo lo visto en la historia moderna. La elección que afronta la gente común

en todas partes es sencilla.

Puedes aferrarte a la mitología del excepcionalismo estadounidense, o prepararte para

la realidad de un mundo multipolar.

Porque, lo acepten o no las élites estadounidenses, ese mundo ya está aquí.

Las desesperadas llamadas telefónicas a Pekín continuarán.

Las humillantes negociaciones en Caracas se ampliarán.

Y, lenta y silenciosamente, el control del dólar sobre el comercio mundial

seguirá debilitándose

hasta que un día despertemos y nos demos cuenta de que la transición se ha completado.

La cuestión no es si terminará la hegemonía estadounidense.

La cuestión es si ese final

será decoroso

o catastrófico.

Y, por lo que estoy viendo en esas habitaciones de hotel a medianoche,

no soy optimista sobre la posibilidad de que sea decoroso.

End of transcript · 1,805 words · machine translated

Original transcript (English)

I want to tell you something that happened last Tuesday at three forty-seven AM Washington time. Something that will never appear in the official State Department briefings, but something that reveals just how far the American

empire has fallen. I was reviewing classified cable summaries when I noticed an unusual pattern. High-level Treasury officials were making unscheduled calls to Beijing, not through normal diplomatic channels, but through backdoor financial networks.

The kind of calls you make when you're desperate. The kind of calls empires make when they're no longer empires. But let me start from the beginning because what I'm about to tell you connects three dots that the mainstream media refuses to connect: the secret

negotiations in Caracas, the panicked phone calls to Beijing, and the quiet liquidation of American hegemony happening right under our noses. You see, there's an old rule in international finance that I learned during my

years as Greece's finance minister. When you're negotiating from a position of strength, you meet in marble halls with photographers present. When you're negotiating from desperation, you meet in hotel rooms at midnight with no witnesses. And right now, American officials

are spending a lot of time in hotel rooms. The Venezuela story broke my heart because I've seen this movie before. In twenty fifteen, when I was fighting the Troika, I watched powerful

institutions use economic warfare against smaller nations. But what's happening now is different. This time, the economic warfare has backfired spectacularly. Let me paint you the picture. For five years, Washington treated Nicolás

Maduro like a cartoon villain. They froze his assets, seized his planes, put a bounty on his head like some Wild West fantasy. The goal was simple: collapse Venezuela's economy, install a puppet government, and secure control over the world's largest oil reserves.

But here's what the brilliant strategists in Washington didn't calculate. When you sanction someone's oil, you don't just hurt them, you teach them to survive without you. And Venezuela learned that lesson perfectly.

While American officials were giving speeches about democracy and human rights, Venezuelan oil kept flowing to China, paid in yuan, to India, paid in rupees, to Turkey, paid in gold. They created the world's first post-dollar oil market, proving to every

resource-rich nation that you can break free from the dollar system and survive. Now comes the humiliation. Those same American officials who called Maduro a dictator are quietly returning to Caracas. They're offering sanctions relief.

They're issuing waivers to Chevron. They're essentially begging the man they tried to overthrow to please, please turn the pumps back on. Why? Because American refineries are choking. You see, Texas produces plenty of oil, but it's light sweet crude. The massive refinery infrastructure on the Gulf Coast was built decades ago to

process heavy sour crude. Without Venezuelan heavy oil, these refineries can't produce enough diesel, and without diesel, the American supply chain stops. But if the Venezuela situation is embarrassing, what's happening with China is absolutely terrifying.

While diplomats are begging for oil, the Treasury is begging for cash, and this is where our story gets truly bizarre. The United States needs to sell three trillion dollars in new debt this year just to keep functioning. Three trillion. Let that number sink in.

Scott Bessent, the new Treasury Secretary, wakes up every morning facing an impossible equation. He needs to find buyers for an astronomical amount of American debt, but his traditional customers are walking away.

Japan, historically America's most reliable debt buyer, is in crisis. They're not buying American bonds. They're selling them to defend their own currency. Europe is stagnant, fighting recession.

American banks are already stuffed with government paper, sitting on massive unrealized losses. There's only one buyer left with pockets deep enough to bail out the United States, China, the same China that American politicians spend

their days threatening with tariffs and military confrontation. I have to pause here because the cognitive dissonance is staggering. By day, you have American generals talking about war in the Pacific. By night, you have Treasury officials calling

Beijing, hat in hand, begging them not to sell their Treasury holdings. China currently holds roughly seven hundred and eighty billion dollars in US debt.

If they decided to liquidate even half of that position, American interest rates would explode overnight. The stock market, addicted to cheap money, would collapse. The housing market would freeze. The American economy would enter a death spiral. So while the headlines scream about getting tough with China,

the reality behind closed doors is exactly the opposite. America is trapped in a financial dependency so profound that they cannot afford to truly confront their supposed enemy. This is what I call the debtor's paradox. You cannot declare war on your banker.

You cannot sanction your creditor. You cannot threaten someone who holds the deed to your house. But here's the detail that keeps me awake at night. This isn't just about economics anymore. This is about the fundamental architecture of global power collapsing in real

time. For eighty years, American hegemony rested on two pillars, the petrodollar system and the Treasury bond market. Venezuela has just proven you can shatter the first pillar and thrive. China is proving that the second pillar was always an illusion.

The petrodollar deal was elegant in its simplicity. America protects you militarily. You price your oil in dollars, forcing everyone to hold dollars to buy energy. But when you weaponize that system, when you use it for regime change

and economic warfare, you destroy the trust that made it possible. The Treasury bond market was even more crucial. The world central banks parked their reserves in American debt because it was supposed to be the safest asset on Earth.

But in twenty twenty-two, when America froze Russian reserves overnight, they sent a message to every central banker on the planet, "Your supposedly safe assets are political weapons." The consequences are arriving faster than anyone anticipated.

I'm watching bilateral trade agreements explode across the Global South, Brazil selling soybeans to China for yuan, India buying Russian oil with rupees, Saudi Arabia accepting Chinese currency for energy sales. The BRICS expansion isn't just about creating an alternative club. It's about building alternative financial plumbing.

They're constructing a parallel system that doesn't depend on American approval or American institutions. And the most beautiful irony, America is accelerating this process with every sanction, every threat,

every attempt to weaponize economic interdependence. I've spent my career studying how empires die, and they never die from external conquest. They die from internal contradictions. They die when the cost of maintaining dominance exceeds the benefits of

exercising it. They die when they become so desperate for resources that they have to negotiate with the very people they've spent years trying to destroy. That's exactly where America finds itself today, negotiating oil deals with

Venezuela while calling Maduro a dictator. Begging China to buy their debt while threatening China with economic warfare. This isn't strategy. This is the behavior of an empire in terminal decline,

trying desperately to maintain privileges it no longer deserves and can no longer afford. The transition is already happening. While American politicians debate sanctions and tariffs, the world is quietly building a new economic order, an order based on mutual respect rather

than unilateral dominance, an order where resources flow to those who need them, not those who threaten others. What I find most remarkable is how ordinary

Americans are completely unaware of this drama unfolding. They see rising grocery prices, higher gas costs, but they don't connect these to their government's desperate diplomatic missions. They don't realize that every time they fill up their car, they're participating in

Venezuela's revenge against American sanctions. I remember a conversation I had with a senior Federal Reserve official last month, off the record, naturally. He told me something chilling. "Yanis, we're not managing an economy anymore.

We're managing a controlled demolition." Those were his exact words, "a controlled demolition." But here's what keeps me up at night. What if the demolition isn't as controlled as they think? What if China decides to call America's bluff? What if Venezuela decides that even the new terms aren't good

enough? What if the dominoes start falling faster than Washington can prop them up? I've watched currencies collapse. I've seen governments fall when their debt becomes unsustainable, but I've never

seen a global reserve currency face this kind of existential pressure. When the dollar finally breaks, and it will break, the shockwaves will be unlike anything in modern history. The choice facing ordinary people everywhere is simple.

You can cling to the mythology of American exceptionalism, or you can prepare for the reality of a multipolar world. Because whether American elites accept it or not, that world is already here. The desperate phone calls to Beijing will continue. The humiliating negotiations in Caracas will expand.

And slowly, quietly, the dollar's grip on global commerce will continue to weaken until one day we wake up and realize the transition is complete. The question isn't whether American hegemony will end. The question is whether that ending will be graceful

or catastrophic. And based on what I'm seeing in those hotel rooms at midnight, I'm not optimistic about grace.

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