Bonhoeffer y la teoría de la estupidez: por qué dejamos de pensar

La estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad.

Se llamaba Dietrich Bonhoeffer.

Era pastor, teólogo y uno de los pocos líderes religiosos alemanes

que se opuso abiertamente a Hitler desde el principio.

Conspiró para asesinarlo.

Fue arrestado, encerrado en un campo de concentración

y ejecutado en abril de 1945,

tres semanas antes de que terminara la guerra.

Tenía 39 años.

Pero lo que escribió en esa celda sigue siendo lo más lúcido que se ha dicho

sobre por qué el mundo funciona como funciona.

Lo escribió en 1943, desde la prisión de Tegel,

viendo algo que lo perturbaba más que la crueldad de los guardias.

Veía cómo Alemania entera, médicos, profesores, pastores,

gente educada, gente religiosa,

gente que había ido a la universidad y leído libros y criado hijos,

había aplaudido a Hitler.

Y la pregunta que lo obsesionaba no era cómo fue posible el mal,

era cómo fue posible que gente buena lo aplaudiera.

Esa distinción lo cambia todo.

Bonhoeffer dijo esto.

Contra la maldad puedes luchar.

Puedes denunciarla, resistirla, encerrarla.

La maldad tiene una lógica.

Quiere algo.

Y porque quiere algo, puedes anticiparla.

Pero contra la estupidez no tienes defensa.

Porque la persona estúpida, y aquí viene lo importante,

no es alguien con poca inteligencia.

Es alguien que ha renunciado a usar su juicio propio.

Alguien que ha entregado su capacidad de pensar a un líder,

a un grupo, a un eslogan, a una ideología.

Y una vez que eso ocurre, no puedes convencerla con hechos.

No puedes apelar a su razón.

Porque ya no tiene razón propia.

Tiene la razón de otro.

Y aquí viene algo que casi nadie explica cuando habla de Bonhoeffer.

Él no estaba hablando de personas ignorantes.

Decía explícitamente que la estupidez ocurre más en personas

que acaban de adquirir poder social

o que pertenecen a grupos con mucho poder colectivo.

Cuanto más poderoso es tu grupo,

más fácil es que dejes de pensar por ti mismo.

Porque el grupo te da identidad,

te da seguridad, te da respuestas.

Y pensar por tu cuenta de repente tiene un coste que antes no tenía.

El rechazo de los tuyos.

El maldado actúa solo.

Necesita esconderse.

Necesita mentir.

Tiene límites.

Pero el estúpido es instrumento de otros.

Y lo peor, no sabe que lo es.

Se siente convencido.

Se siente parte de algo grande.

Se siente del lado correcto.

No fueron los monstruos quienes destruyeron Alemania.

Fueron millones de personas normales

que entregaron su criterio a un movimiento

y dejaron de hacerse preguntas.

No eran malvados.

Eran algo peor.

Eran obedientes sin pensamiento propio.

Y ahora mira a tu alrededor.

Gente que repite eslóganes sin saber de dónde vienen.

Gente que comparte titulares sin leer el artículo.

Gente que odia a personas que nunca ha conocido

porque alguien les dijo que eran el enemigo.

No son malas personas.

Son personas que han dejado de pensar por sí mismas.

Y no lo saben.

Ese es el problema.

El estúpido nunca se reconoce.

Se siente informado.

Se siente despierto.

Se siente más listo que los demás.

Y eso lo hace imposible de alcanzar.

Entonces, ¿qué se hace?

Bonhoeffer tenía una respuesta

y no era la que esperarías.

Decía que la estupidez no se cura con educación.

No se cura con información.

No se cura con mejores argumentos.

Porque el problema no es que la persona no sepa.

El problema es que ha decidido,

consciente o inconscientemente,

que la aprobación de su grupo vale más que su propio criterio.

Y eso solo se rompe desde dentro.

Con un acto de coraje, no de inteligencia.

Con el momento en que alguien decide que prefiere pensar solo

a pensar acompañado pero sin pensar.

Bonhoeffer escribió todo esto sabiendo que iba a morir.

No escribió para publicar un libro.

Escribió para que alguien, algún día,

entendiera qué había pasado realmente.

Y lo que pasó no fue que un monstruo tomó el poder.

Lo que pasó fue que millones de personas

decidieron que pensar por sí mismas era demasiado incómodo.

La pregunta que te dejo es simple.

¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión sobre algo importante?

¿Cuándo fue la última vez que dijiste algo dentro de tu grupo

que sabías que no iban a aplaudir?

Si no te acuerdas, quizás el problema no es que seas estúpido.

Es que dejaste de pensar y no te diste cuenta.

La estupidez no se cura con información.

Se cura con coraje.

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