Crítica a los futbolistas por sus errores pese a sus privilegios
Gordon termina.
Viven en un country,
andan en BMW para arriba. Los fines de semana
se cogen a las mejores minas,
morfan bien todos los días.
El día anterior al partido durmieron
tranquilamente en un hotel cinco estrellas y se rascaron la
verga durante veinticuatro horas sin asomar jugando al ping
pong y al pool y a la Play.
Juegan al fútbol todos los días de su vida.
Los botines, seis mil dólares, cinco mil pe..., no sé cuánto salen.
Ponele tres mil mangos, cuatro mil mangos.
Están vendados por un kinesiólogo,
están bien comidos, están bien entrenados.
Las medias, que son las que no te cortan la
circulación, los pantaloncitos, que son
los de los huevos, que no te raspan los huevos,
la camiseta te estira la espalda,
es la que no transpira, que sale ochocientos pesos,
no sé cuánto sale una
camiseta para jugar al fútbol. La pelota es perfecta, perfecta.
Ciento veinte euros. Inflada con un barómetro a ocho
bares. La cancha no tiene un solo pozo.
El arco tiene siete metros veinte por dos cuarenta.
Te aplauden cuando salís a la cancha, la concha de tu madre, ¿no sabés
parar una pelota? Le vas a pegar al arco y
la tirás a la mierda. Le vas a hacer un pase a tu compañero que
está
un metro y hacés así, se la pasás mal.
Hijo de puta, eso me puede pasar a mí con esta panza.
Llamado. ¡Oh, no! Llamado. Llegaste.
¡Oh!
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