Marco Aurelio: por qué dormía en el suelo y vendió sus tesoros
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¿Por qué el hombre que iba a gobernar medio mundo dormía en el suelo?
Marco Aurelio podía tenerlo todo y a los doce años eligió la tierra dura y un manto áspero. Roma, año 133. Un chico de familia riquísima, criado entre mármoles, esclavos y banquetes. Un día se viste con el manto rústico de los filósofos griegos y esa noche deja la cama y se acuesta en el piso. Lo cuenta su biografía antigua, la
Historia Augusta. Y ese chico iba a ser emperador.
Su madre, Domicia Lucila, le rogó que parara.
Él aceptó, de mala gana, un catre cubierto de pieles, nada más. La idea venía de un maestro, Diogneto.
Años después, Marco le agradece haberle enseñado a desear un catre y una piel. Séneca lo había explicado: practicá la pobreza unos días, con poca comida y ropa áspera, y vas a ver que no era tan terrible. Si ya sabés vivir con poco,
nadie te puede amenazar con quitártelo. No es castigarse, es quitarle poder al miedo.
A los dieciséis años, el emperador Adriano lo pone en la línea de sucesión y se muda al palacio, de mala gana.
Rodeado de oro y de gente que le decía que sí a todo, se escribió una advertencia: cuidado con volverte un César, con teñirte de púrpura. En el año 161 se convierte en emperador.
Unos sesenta millones de personas dependen de él. Y llega la prueba.
Una peste mata a miles de soldados y civiles.
Las tribus germanas cruzan el Danubio y el tesoro está vacío. Llegan hasta Aquilea, en Italia.
Hacía siglos que ningún enemigo llegaba tan lejos.
Cualquier emperador habría subido los impuestos.
Él hizo otra cosa. Sacó del palacio sus copas de oro y de cristal, las joyas, las estatuas, los cuadros y hasta los vestidos de seda bordados en oro de su esposa, hasta jarras hechas para reyes. Y los remató en público, en el foro de Trajano.
La subasta duró dos meses. Con eso pagó la guerra, sin cargarle un impuesto nuevo a nadie.
Cuando ganó, anunció que quien quisiera devolver lo comprado recuperaría su dinero. Pasó años en la frontera, en tiendas de campaña, entre soldados. La guerra duró, con pausas, casi catorce años. Y de noche escribía, para nadie,
un cuaderno que hoy conocemos como Meditaciones. Una de sus partes termina así: "Escrito entre los cuados junto al río Gran".
Ahí confiesa algo muy humano: que a la mañana le costaba levantarse.
Y se contesta: "Me levanto para hacer el trabajo de un ser humano".
Dormir en el suelo nunca fue para sufrir.
Fue un entrenamiento para que nada de lo que tenía pudiera tenerlo a él. El hombre que tuvo todo vendió sus tesoros sin dudar, porque hacía años que había aprendido a no necesitarlos.
Murió en el año 180, todavía en campaña, cerca del Danubio.
Su cuaderno sobrevivió. Las copas de oro no.
¿Qué cosa tenés vos que en realidad ya te tiene a vos?
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